Empresario con gran talento, y sobre todo visionario, ha sabido poner bien sus fichas y rodearse de personas clave a lo largo de su vida. “Una mezcla de suerte y la ayuda que uno puede recibir de arriba”. Dice con modestia que lo suyo ha sido una labor silenciosa y perseverante. Comenzó haciéndose cargo de una pequeña lechería comprada por su padre y ha sido fundador y socio de empresas como Inmobiliaria FFV, Banmédica, Las Brisas, Entel, Chilquinta, Pucobre y Parque Tricao, entre otras. Sin embargo, él destaca como la mayor de sus satisfacciones el impulso dado a la Universidad de los Andes y la Clínica. Tres décadas después mira desde el campus lo logrado y asegura que “tanto, nunca lo soñó”.

Está tan acostumbrado al apodo de “Negro” que, cuando alguien le dice Eduardo, pocas veces se da por aludido. Así le llamaban en su casa, dice él, por lo diferente, porque a pesar de ser hombre de corazón y carácter campechano, no participaba tanto como sus hermanos en las cosas del campo, “así que desteñía”, dice sonriendo. 

Casado con Valerie Mac-Auliffe, a la que llama la “Gringa”, Eduardo Fernández León es padre de dos hijos, ingeniero comercial de la UC, y muy esquivo a la figuración y la aparición pública. Dice que de su padre, Luis Alberto Fernández Larraín, heredó “el espíritu de sobriedad, de callada laboriosidad y el entusiasmo de emprender, lo pequeño y lo grande”. Y en la vida, asegura haber querido actuar con corrección y “tratar de no hacer con otros lo que a mí no me gustaría que hicieran conmigo”. Si le aprietan, habla de querer ser consecuente con su manera de pensar. Precisamente de aquí le viene haber sido el gran motor que echó a andar la Universidad de los Andes, junto a un puñado de hombres y mujeres que soñaron la Universidad en 1989 y, años después, la Clínica. Era el más optimista del grupo, el menos temeroso, el más audaz. Con su empuje hoy mira desde el campus lo logrado y asegura que tanto, nunca lo soñó. 

Eduardo Fernández es uno de los fundadores de la Universidad y parte fundamental de su consolidación. Fue miembro de la Junta Directiva desde los inicios y ha contribuido durante más de treinta años a su desarrollo estratégico. Ha sido también uno de los principales motores de la Clínica, apoyando iniciativas que han impulsado su crecimiento, su infraestructura y su capacidad de atender y acompañar a miles de personas. 

En una visita de la Junta Directiva al Centro de Salud Uandes, en San Bernardo, durante 2022, Eduardo Fernández conversa con el Rector José Antonio Guzmán.

Fue visionario al apostar por la Universidad ¿de dónde le viene ese espíritu? 

Tenía un padre y una madre que me enseñaron desde chico cosas muy valiosas. Mi padre era maravilloso, siempre estuvo dando a los demás. Hizo un colegio en Llolleo para setecientos niños. Tres o cuatro cosas importantes se hicieron con donaciones de mi papá. Ese bichito me quedó metido a mí también, y dije: hay que seguir haciendo cosas, después del terremoto, el colegio se nos cayó y lo reconstruimos, como el convento de las monjitas descalzas. 

Sin embargo, no siguió el camino de su familia por el campo… 

Mis padres venían de familia de campo, y a mis hermanos les gustaba salir a caballo, hablaban de los rindes de trigo, de maíz; yo no tenía idea porque no me interesaba mucho. Por eso para mí fue un poco difícil empezar en el estudio y, después, en la empresa, porque estaba rodeado de pura gente que de esa parte no entendía, lo suyo eran las cosas de campo. Me tocó difícil, al principio, pero fue positivo porque uno es demasiado optimista cuando comienza. Yo no le veía ninguna posibilidad a la lechería que había comprado mi padre, pero él me dijo: tienes que hacerte cargo. 

Hace más de 35 años comenzaron a hablar de hacer una nueva universidad, ¿cómo era ese primer grupo de personas? 

Había dos corrientes, una que era relativamente pesimista y asustadiza. Decían, no, mira, tenemos una deuda acá. Resultaba complicado cambiarles la opinión. Yo era muy optimista, tanto con la Universidad como con la Clínica. Y fue la pura verdad. La Clínica anda muy bien y ha dado buenas cifras, tiene un respaldo detrás de la Universidad muy importante. Al principio, lógicamente es muy duro porque era gasto, era complicado entonces ser optimista. 

“Hay mucha gente metida en esta Universidad, y se han hecho las cosas maravillosamente bien. Creo que la ayuda de arriba ha sido muy importante, y eso me llena de felicidad, haber podido participar en este proyecto maravilloso”.

¿Recuerda los inicios? 

Me acuerdo muy claramente. Te diría que hace más de treinta y tantos años, yo tenía un socio, muy amigo, que se llamaba José Enrique Diez, era un español, de los primeros que llegó a Chile. Empecé a conocer la Obra, ver todo lo que había que hacer, y que había que hacerlo bien. Eso me marcó mucho porque siempre he tratado de hacer las cosas bien. ¿En qué sentido? En que si me meto, por decir, el Parque Tricao, que no lo pensé jamás, dije, oye, pero los caminos están llenos de polvo, esto es un desastre. Entonces pavimentamos. Y ahí empezó a hacerse. Siempre me ha gustado, igual que los edificios, la parte inmobiliaria, pero busco edificios que aporten al país, no que lo destruyan, dentro lógicamente, de hacer negocios. 

Todo comenzó con algunas conversaciones… 

Estábamos en Las Garzas, y se comenzó a hablar de la posibilidad de hacer una universidad. Había colegios que les iba muy bien, entonces dijimos: bueno, qué más se puede hacer. Estaban Fernando Orrego, José Enrique, José Manuel Domingo y Gonzalo Ibáñez, este grupito y otros más empezamos a conversar del tema. Dijimos ya, embarquémonos en una universidad pequeñita y partió en la calle Bustamante con Derecho, después Ingeniería Comercial, y bueno, se siguió hablando de la posibilidad de ampliar la universidad, salir de esa casa. La Facultad de Medicina partía con Fernando Orrego como decano, y en ese momento se compró la casa de los Piwonka en la calle Ejército. Se hicieron los arreglos y la verdad es que resultó bien. Entonces se dijo: ya, la universidad está funcionando, hay algunas carreras, veremos cómo seguir.

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“Esta familia nos vio nacer y nos vio crecer”, señaló el Rector José Antonio Guzmán en 2016 al desvelar la placa de agradecimiento a la familia Fernández Mac-Auliffe, con sus hijos Eduardo y Tomás.

¿Y el campus? 

Yo trabajaba en construcción, había comprado unos terrenos que estaban detrás de San Carlos de Apoquindo. Al hacer la negociación de esos terrenos dije: a ver, cómo lo hago. El pantalón largo tenía que ser con un campus. Entonces compramos treinta hectáreas adicionales hacia la cordillera, y esas fueron las primeras que son este sitio en el que estamos sentados. 

Después siguió creciendo… 

Al poco tiempo fui a Roma con mi señora y dos de mis hijos, pedimos una audiencia con el Padre, era don Álvaro del Portillo, me tocó conversar con él y decirle: Mire Padre, le traigo un plano de lo que se ha comprado para la Universidad de los Andes. Son treinta hectáreas. Ah, qué bonito, muchas gracias, me dijo. Es interesante, a ver si podemos lograr adquirir los paños de al lado. Esto tiene que seguir para adelante y prosperar, me dijo. A mí me quedó la bala metida en la cabeza. Y dije: ya, vamos a tratar de hacerlo. Bueno, llegando a Chile, a través del tiempo, pudimos comprar el saldo de terreno para llegar a 60 hectáreas, que es lo que tiene hoy día el campus. Para el primer edificio se hizo una campaña de recolección y, gracias a Dios, todo resultó muy bien. 

La familia de Eduardo Fernández visitó el laboratorio de Cells for Cells en 2017. En la imagen, con algunos de sus nietos y su hijo Eduardo adentrándose en el mundo de las células madre.

Y una vez que estaban las hectáreas para construir el campus, había que empezar a construir los primeros edificios. ¿Cómo fue esa etapa? 

No quiero tirarme flores, porque no corresponde, pero siempre he creído que todas las cosas se pueden hacer con la ayuda del de arriba. Ahora, ¿qué es lo que pasa? Todo el mundo dice: hagamos una asociación de amigos, pero nos movimos con empresas. Yo tenía todavía Chilquinta y fui a pedir a compañeros de otras eléctricas. El mismo José Yuraszeck lo fui a ver y me dijo: ya encantado, te ayudo.

Y así conseguimos como dos o tres empresas grandes. Tenía una sociedad, yo con mi papá, y también se puso con plata para el primer edificio, y en ese momento se elaboró el Master Plan de la Universidad, donde iban los edificios principales y la biblioteca. El edificio Central lo hizo Borja García Huidobro, que trabajaba con nosotros; quedó muy lindo.

“Vi que las cosas que hace la Obra son buenas, veía lo que hacían, cómo se llegaba a muchas personas, humildes y no humildes para desarrollarse humanamente. Entonces dije: puedo ayudar en esto, lo puedo pidiendo ayuda arriba, eso fue lo que nos motivó”.

¿Qué fue lo que le motivó a jugársela cuando no había nada? 

A ver, mira, distintas cosas. A mí entrar a la Obra me cambió la vida, lo más importante para mí como persona ha sido pertenecer a la Obra. Yo dije, las cosas que hace la Obra son buenas, lo que ha hecho en Chile, ha resultado de maravilla. Yo veía lo que hacían en España, cómo se llegaba a muchas personas, humildes y no humildes para desarrollarse humanamente. Yo dije: puedo ayudar en esto, lo puedo pidiendo ayuda arriba. Y eso fue realmente lo que nos motivó. Y se fueron planificando las cosas para que resultara. 

¿Qué tipo de universidad soñaban? 

Una universidad que diera una formación cristiana por un lado, y fuera modelo en cuanto a su desempeño intelectual, y creo que eso se ha cumplido. Al ver hoy día esto, yo no me lo soñé. Te digo sinceramente, cuando estábamos hablando al principio no, no creo que nadie podría haber soñado. De arriba no más, pero de aquí abajo no. 

Junto a los demás miembros de la Junta Directiva de la época, en 2019 Eduardo Fernández participó en la inauguración de la placa conmemorativa “Biblioteca José Enrique Diez”.

¿Y la Clínica? 

Poco a poco fueron saliendo cosas. El primer edificio, el segundo edificio, la Biblioteca y después la Clínica. Mira, es una manera de hacer partícipe a la gente que puede ser estudiante o que pase por esta clínica o por esta universidad y sepa cuáles son las cosas importantes y cuáles no. Tener una formación. Que a la persona se le trate como un hermano y que en un momento que pueda estar sufriendo, ayudarlo, no como un numerito que le ponen para que no se pierda, como a una guagua, sino que se mire con nombre y apellido, y si está enfermo, ayudarle en la parte espiritual y emocional. 

¿En qué pone sus esfuerzos ahora? 

En esta etapa de mi vida, lo que quiero hacer son cosas como ayudar a la gente humilde a pasar los momentos difíciles que están viviendo, ya sea en educación, medicina, en la parte habitacional. Estamos trabajando con familias pobres, arreglándoles sus casas, haciéndoles dormitorios con la Fundación La Primavera. Hay que hacer cosas para que lo puedan ayudar a uno de arriba

En 2017, el equipo de Cells for Cells invitó a la familia ampliada de los inversionistas de este primer spin-off de la Universidad. En la imagen, Eduardo Fernández y Valerie Mac-Auliffe conocen más sobre la investigación en uno de los stands científicos donde los investigadores explicaban su quehacer.

Cuando ve todo esto ¿qué piensa? 

Bueno, yo veo esto y aunque soy una pulga, siento un aporte, un granito de arena. Y lo digo sinceramente. Hay mucha gente metida en este proyecto, y se han hecho las cosas maravillosamente bien. Creo que la ayuda de arriba ha sido muy importante y eso me llena de felicidad, haber podido participar en este proyecto maravilloso. Porque me acuerdo exactamente lo que era esto. No era nada, un terreno baldío en que había unas pocas ovejas, un caballo, una vaca y nada más. 

¿Valió la pena? 

Mira, todo lo que he recibido son regalos de Dios, entonces no siento que merezca esto, ha sido una manera de poder agradecer que he recibido tanto. Y esto es lejos lo mejor de todo lo que he hecho en la vida