Tras la huella de la belleza
Pocas personas persiguen más alcanzar la belleza que una filósofa y un arquitecto. Teresa Cordero y Albert Tidy aseguran que el encuentro con lo bello tiene la capacidad de transformar nuestra mirada sobre el mundo.

La relación entre verdad, belleza, bien y contemplación es una de las inquietudes de la filósofa e investigadora del Centro Signos Uandes Teresa Cordero. Según sus palabras, los seres humanos debemos ser más conscientes de lo que hacemos y mostrar la belleza de lo que buscamos alcanzar. Recuerda la frase de san Agustín en las “Confesiones”, ‘Mi amor es mi peso’ (pondus meum amor meus). “Con esta idea, san Agustín no se refiere al hecho evidente de que a veces amar sea costoso –un peso– sino a que el amor que llevamos en el corazón es lo que nos mueve, es lo que nos lleva a todas partes.
“La frase completa es ‘mi amor es mi peso, por él soy llevado a dondequiera que soy llevado”. San Agustín está explicando el orden del mundo y el movimiento de las cosas hacia su lugar propio. Y compara el amor con el ‘peso’ de los cuerpos: así como el fuego tiende hacia arriba y la piedra hacia abajo, cada cosa se mueve hacia donde le corresponde según su peso”.
Para la académica ese ‘peso’ no es principalmente físico, sino espiritual: “lo que amamos es lo que nos mueve, lo que nos orienta. El amor o los amores que uno tiene son el peso que inclina la vida en una dirección”. Por eso, afirma, “es importante tomar conciencia de que dependiendo de los amores que tengamos, esto va a inclinar nuestra vida hacia allá, esas serán nuestras prioridades, a lo que dedicamos tiempo, energía, lo que va a ocupar nuestros pensamientos, nuestros afectos”.
Entonces la pregunta es: “cuáles están siendo mis grandes amores. Estos son los que determinan los grandes movimientos de la vida. El amor es la fuerza que orienta toda la vida. Si algo no me mueve es porque no veo un bien detrás o no estoy convencida de que detrás hay un gran bien, porque cuando estamos convencidos de que detrás de algo hay un gran bien o lo vemos derechamente, vamos sin necesidad de hacernos grandes propósitos”.
Asegura que “hay que volver a hacer un trabajo para identificar el gran bien que hay detrás, la gran belleza que se esconde en esa realidad, la gran belleza de enseñar Dios a los hombres: ‘Existimos para enseñar Dios a los hombres’ (Benedicto XVI). Si vemos el bien que hay ahí y cultivamos ese amor, si una persona decide implantar este amor, le va a llevar muy lejos, porque cuando descubrimos algo bueno y bello, descubrimos también a Dios”.


Y aquí entra una realidad potente que es la contemplación, declara: “ver la grandeza de las cosas que tenemos al frente, aprender a reflexionar. Si no, nos quedamos en lo más externo, sin ser capaces de trascender un poco más allá, de admirarnos de las cosas que tenemos delante, como, por ejemplo, la Universidad. Es crucial desarrollar un espíritu reflexivo, que nos lleve a la contemplación, que significa aprender a ver”.
“Del encuentro con lo bello surge la contemplación, un asombro que no cesa. Esa experiencia nos hace más humanos, porque estamos hechos para contemplar. Aunque pueden existir distintas miradas en torno a lo bello en el arte, lo bello transforma nuestra mirada sobre el mundo”. “A veces no nos damos cuenta de la necesidad que tenemos de belleza. Suele ser más evidente la búsqueda del bien, en el sentido de que todos buscamos ser mejores personas y queremos contribuir a la sociedad; sin embargo, la importancia de apreciar la belleza nos lleva, finalmente, a algo propiamente humano: la contemplación”.

Tenemos que lograr “ver la grandeza de las cosas que tenemos al frente, aprender a reflexionar. Del encuentro con lo bello surge la contemplación, un asombro que no cesa. Esa experiencia nos hace más humanos, porque estamos hechos para contemplar”
Teresa Cordero, profesora del Centro Signos Uandes
La investigadora considera que muchos momentos desafiantes de la existencia serían menos duros si encontramos lo bello ahí. “Porque la belleza, al final, intensifica la búsqueda de la verdad, intensifica el querer hacer el bien. Pensar, por ejemplo, en una persona con su padre hospitalizado, inconsciente, con quien pasa todos los días algún rato acompañándolo. Ver la belleza en ese gesto de cuidado ayuda a hacerlo con otra intensidad. Cuando una persona es capaz de ver la belleza en la dignidad del cuidado, en un cuidado totalmente desinteresado, que la saca de la lógica de lo útil, eso la hace más feliz”.
“Algo parecido me pasa cuando camino cada mañana a mi oficina y no dejo de asombrarme ante la belleza de esta Universidad, porque tiene edificios y jardines muy bonitos… además, ver el contraste entre los edificios y los cerros de atrás es toda una experiencia estética. Ahí me acerco a una dimensión espiritual que me hace sentir la necesidad de hacer cosas grandes, de dar lo mejor de mí. Es increíble la huella que un edificio bonito, que una buena obra de arte o buena novela, dejan en el alma”, reflexiona.

Una mirada desde la arquitectura

Albert Tidy, uno de los más destacados arquitectos chilenos contemporáneos, es el director de la nueva Escuela de Arquitectura de la Universidad de los Andes. Según sus palabras, estamos en un momento bastante angular en la historia de la enseñanza, con el advenimiento de la inteligencia artificial. Sin embargo, augura que las carreras creativas serán las grandes triunfadoras. “Los centros de estudio superior, como las universidades, tendrán que concentrarse en los aspectos reflexivos de la disciplina. Van a robustecer su rol como centros de pensamiento crítico. Todo lo que tenga que ver con los aspectos centrales del hombre va a subsistir”.
Desde su mirada, la arquitectura —ya en sus orígenes— ha estado fuertemente marcada por la búsqueda de la verdad y la belleza. Como dice el Rector José Antonio Guzmán, “no como ornamento, sino como un horizonte”. “No hay que entender la belleza como algo frívolo, sino como aquello que subyace en la concepción profunda y filosófica de la arquitectura. Auguste Rodin (1840-1917), el gran escultor francés, decía que la belleza era aquello que se transparentaba por debajo de la forma y que afloraba como la verdad”.
Tidy profundiza en los primeros textos de arquitectura y cita el tratado de los 10 libros de Vitruvio, donde describe sus tres pilares: Firmitas (firmeza), Utilitas (utilidad) y Venustas (belleza). “Eso es en el siglo I a.C. y, a lo largo de 2.000 años, sigue siendo lo mismo, o sea, la belleza siempre ha sido una preocupación de la arquitectura, pero paradójicamente es una palabra que está vetada en la mayoría de las escuelas de arquitectura. Es como hablar de una blasfemia. No se atreven a aceptar que la búsqueda esencial de la arquitectura tiene que ver con la belleza como una aspiración genuina y válida del hombre”.
También se pregunta qué cosa podría estar más enfocada al hombre que generar entornos bellos, más justos y habitables. ¿Cómo se logra eso? ¿Cómo se concilia arquitectura y belleza? —inquiere Tidy— “con oficio, con rigor y con disciplina, con conocimiento y con preparación. La belleza se entrena. La belleza no es un chispazo de inspiración, sino que se trabaja. Es como la manoseada máxima de Pablo Picasso, quien decía que era 1% de inspiración y 99% de transpiración. O el típico ejemplo de la bailarina que cuando uno la ve en el escenario pareciera flotar, es decir, pareciera que desaparece la fuerza de gravedad. Pero detrás de eso hay mucho entrenamiento, hay mucho dolor físico para poder llegar a ese artificio”.
El profesional cree que hoy las mallas de la carrera de Arquitectura obvian completamente el área de la gestión, el emprendimiento y captar clientes. “El problema es que las oportunidades no están llegando. La arquitectura no está llegando de manera equitativa a los distintos sectores. Es, en realidad, un bien escaso al cual puede llegar un determinado segmento de la población. Y, por otro lado, los programas de urbanismo son anacrónicos y no han sabido renovar la mirada del territorio y la expansión de la ciudad”.

Sin embargo, confía en que con el buen uso de las nuevas tecnologías y la IA “la arquitectura va a salir fortalecida, porque las tareas administrativas se van a hacer más rápidas, baratas y automáticas. Entonces, la arquitectura va a llegar a más lugares y de manera más eficiente”.
El director de la carrera de Arquitectura Uandes explica que cuando uno entiende que la función es la expresión de la forma y existe una correlación, se logra el verdadero sentido de la belleza. “No hay nada más lindo que ver el mecanismo de un reloj o el funcionamiento de un motor, es decir, ver y comprender las piezas que componen algo complejo”, reconoce acerca de su gusto por los objetos antiguos, porque expresan su función. “Yo tiendo a ser crítico con tantos artefactos electrónicos que parecen estar envueltos en paralelepípedos sin significado. Muchas veces uno ve algún objeto en la tienda de tecnología y no tiene idea para qué sirve. La función es inequívoca”.
“Qué cosa podría estar más enfocada al hombre que generar entornos bellos, más justos y habitables. ¿Cómo se logra eso? ¿Cómo se concilia arquitectura y belleza? Con oficio, con rigor, disciplina, conocimiento y preparación”
Albert Tidy, director de Arquitectura Uandes.

El profesor también se explaya en torno al legado de importantes arquitectos nacionales, como los premios Pritzker (considerados los Nobel de la Arquitectura), Alejandro Aravena y Smiljan Radic. Muchas veces, por desconocimiento, puede ocurrir que la primera impresión en la comunidad ante una obra de ellos sea de rechazo, como pasó en un principio en Concepción con la inauguración del moderno Teatro Regional del Biobío, adjudicado al propio Radic, con Eduardo Castillo y Gabriela Medrano. “Lo que pasa aquí es que, en general, cuando no entiendes algo, la reacción natural es la sospecha o el rechazo. La gente tiene un rango de apreciación de lo que entiende por correcto o incorrecto o por bello o no bello y, cuando se escapa de esa órbita, surge una resistencia. Yo entiendo que hoy día el Teatro del Biobío es muy valorado y apreciado por la comunidad porque terminó siendo validado. Lo mismo ocurrió con la Torre Eiffel. Al principio los parisinos la odiaban y con el tiempo se convirtió en el símbolo de la ciudad. Se construyó para la Exposición Universal de 1889 y fue un verdadero escándalo”.
Para Albert Tidy, apreciar las cosas tiene que ver con una cierta base cultural y la arquitectura es un hecho cultural. “Pero independientemente de ello, puedes apreciarla. Como decía Le Corbusier (1887-1965), la ciudad está llena de edificios mudos y de repente hay uno que te toca el hombro y te hace bien, y en ese momento surge la arquitectura”.

Lugares de la Uandes
Teresa Cordero señala que su espacio predilecto de la Universidad es la sala de estudio principal de la biblioteca. “La altura que tiene esa sala es imponente, y el gran ventanal que da hacia uno de los jardines de la Universidad. La combinación que se da entre la altura, la luz, el verde de los jardines, las mesitas de madera con sus lámparas encendidas, las estanterías llenas de libros… Y todo esto, sumado al silencio que emerge de una buena cantidad de alumnos estudiosos, es una escena que merece ser vista”.
El arquitecto Albert Tidy, en tanto, cita el edificio Central por su calidad arquitectónica. “Obra proyectada por Borja Huidobro junto a A4, se implanta de manera muy respetuosa con la preexistencia, liberando las vistas hacia la cuenca de Santiago. Es un edificio fino, jugado y potente. Su ejecución tiene toda la experiencia y trayectoria de este equipo que maneja las materialidades y los detalles constructivos con sensibilidad y prolijidad. Es un edificio contemporáneo que respeta, integra y dialoga con su entorno. Particularmente, destaco la capilla proyectada por Sebastián Di Girolamo, que es como una pequeña joya escondida. El manejo de la luz está muy bien logrado, así como los detalles esculpidos en sus muros y el altar de mármol travertino. Es un lugar de silencio y sobriedad que inspira paz”.



