¿La religión volvió al debate público o nunca se fue? En “El Lugar de lo Sagrado” Manfred Svensson desafía la idea de que Chile es una sociedad plenamente secularizada, y advierte que hablar de “despertar religioso” puede ser tan engañoso como haber creído que la fe ya estaba superada.

Cuando Manfred Svensson escribió “El Lugar de lo Sagrado. Religión y vida pública en el Chile actual” no existía la Encíclica de León XIV, un musulmán no estaba a cargo de la alcaldía de Nueva York y el antisemitismo extremo no acaparaba las portadas en Occidente. Se hablaba poco de religiosidad. Por ello, el director del Instituto de Filosofía dice estar “sorprendido” por la recepción del libro frente a estos nuevos aires.

El doctor en Filosofía afirma que tampoco hubo un “factor detonante” que lo llevara a escribir sobre este tema, sino que, más bien, él veía que cada vez que los asuntos religiosos aparecían en el debate público no había conceptos claros que aportaran a la discusión. O tal vez —sostiene— solo se dio para cerrar el capítulo que en 2017 abrió con Joaquín García Huidobro, cuando publicaron “Cartas entre un idólatra y un hereje”

¿Por qué se complejizó la secularización?

En primer lugar, porque era parte del mito del progreso, que se ha venido abajo en este y otros ámbitos. La verdad es que la historia no se mueve de manera lineal en ninguna dirección. Pero, además, porque la palabra secularización puede describir cosas muy distintas: puede significar el desplome de la adhesión religiosa, puede indicar que la religión ya no permea la cultura popular, la vida intelectual o la política, o también que la vida personal de los creyentes se ha modificado. Pero en todos estos ámbitos la historia está abierta: lo que se seculariza también se puede desecularizar. 

¿Por eso en el libro usted dice que avanzamos a una sociedad postsecular? 

Aludo en el libro a un estudio del CEP sobre el Chile postsecular. ¿Qué significa esa categoría? El mundo postsecular no necesariamente es entusiasta sobre la religión, pero, al menos, ve esto como un campo que está abierto, no como algo zanjado. En la generación previa se veía mucho más de ruptura o rebeldía, justificada o no, ante la fe heredada; una vez que pasa ese quiebre, llegas a otra generación que obviamente vuelve sobre las preguntas permanentes. 

¿Y eso por qué cree que sucede?

Lo primero es precisar qué exactamente sucede. Porque se habla mucho de un momento de renovación religiosa. De un “despertar silencioso”, como lo han descrito en Inglaterra, o de un nuevo “momento católico” en España. No obstante, si bien algo está pasando, no me parece estar tan claro qué. A veces no se trata de un repunte en la adhesión a una creencia, sino solo de que una curva que iba cayendo ahora dejó de caer. Cuesta dar con el equilibrio aquí, ser capaces de reconocer que algo pasa y cuidarnos a la vez de no sobre interpretar. Yo pondría al centro el hecho de que hay una apertura que no existía hace dos décadas, y esa apertura parece que no emerge de la actividad misionera. 

“En un momento muy importante del 2005, Ratzinger habló de la dictadura del relativismo. Era una fórmula pertinente, pero para ese momento. Hoy lo que tenemos no es relativismo, sino visiones morales opuestas”.


¿Por qué ocurre?

La expansión de una fe típicamente es fruto del trabajo misionero, de que la noticia que se ofrece es bien acogida. Pero aquí no parece que podamos explicar la situación desde la oferta, sino que el giro viene desde la demanda. Es decir, si hay una situación nueva es, ante todo, por la insatisfacción que parece haber ante otras respuestas a las preguntas existenciales. También tienes gente que se replantea estas cosas producto de una preocupación general por el rumbo de nuestra cultura. Todo eso lleva a personas a preguntarse si en esa fe que sus padres abandonaron hay algo más interesante que lo que les habían contado.

¿Podrían ser personas que se fueron al ateísmo y ahora vuelven?

Ante todo, creo que hay un clima muy distinto al del ateísmo de algunos años atrás. El movimiento que “la llevaba” hace algunos años era un ateísmo muy militante, creyente y evangelístico. Se sentían con una misión de difundir la buena nueva del ateísmo. Era una buena noticia para la ciencia, la democracia y la sociedad. Esto no era un simple diagnóstico, era una promesa de que si la sociedad dejaba de creer, habría beneficios asociados. Habría mayor tolerancia, mayor confianza en la ciencia, y así. Uno escucha esto hoy y es para o reír o llorar. Porque en algún sentido se cumplió el pronóstico de que habría menos creyentes, pero las promesas asociadas al pronóstico no. Tenemos un clima de mayor desconfianza y mayor incivilidad que 20 años atrás, y parece natural someter entonces a examen la ilusión que nos hizo creer lo contrario. 

En el libro habla de las creencias mapuches y cómo se interpretaron en la Convención Constitucional…

Esa propuesta tenía dos tesis contradictorias entre sí: por un lado, empujaba la idea de un Estado laico para el conjunto del país, pero luego para los pueblos originarios abrazaba una visión que trataba a esas unidades como confesionales, pero confesionales de la religiosidad originaria. ¿Por qué digo eso? Porque en más de un artículo lo que se describía era el reconocimiento no solo de una cultura, sino de una cosmovisión. Se atribuía a cada uno de esos pueblos, y en especial al mapuche, una cosmovisión como propia. Eso es un error tremendo si piensas en lo significativa que es la presencia cristiana en la Araucanía. Dicho de otro modo, no solo Chile como conjunto es religiosamente plural, sino también cada uno de esos pueblos lo es. Es una falta de respeto desconocer que los miembros de los pueblos originarios tienen agencia, que la religiosidad ancestral no es un destino al que estén amarrados.

En la columna “La Iglesia saca la voz (2024)”, Carlos Peña analiza en qué temas la iglesia católica debe opinar luego de un tiempo de silencio ¿usted cómo observa ese proceso? 

El silencio que en algún sentido caracterizó a la Iglesia católica hace algunos años era explicable y, por un momento, era necesario. Sin embargo, aunque puede haber tenido un efecto reparador, es sano que ese momento haya quedado atrás. Pero la manera en que discutimos esto sigue reflejando que somos un país bastante clerical. Se espera que la voz pública de los creyentes sea siempre la voz de las autoridades religiosas. Por supuesto, a veces es deseable que se alce esa voz, pero creo que sería más sano que se escucharan más voces de creyentes, que desde la comprensión cristiana de su propia profesión hablen de estos asuntos. 


Uno pensaría que las iglesias evangélicas viven su auge en Chile, pero después de leer el libro no queda tan claro…

El crecimiento de las iglesias evangélicas fue muy relevante hasta 30 años atrás. Fue un crecimiento impresionante, por lo que no es raro que en parte de la población persista la idea de que ese crecimiento ha continuado. Dicho eso, creo que hace un buen tiempo que no es así y, además, ha aparecido el fenómeno de evangélicos meramente nominales, una realidad que antes solo era significativa entre católicos. Pero una vez que se ha reconocido ese hecho, sigue siendo cierto que esta es una porción del país muy vitalmente comprometida con la fe. Este es un mundo en gran medida desconocido para las elites chilenas, aunque supongo que de a poco eso está cambiando, en parte porque ha pasado ya una generación de evangélicos con más presencia en la educación superior.

¿Qué son las guerras culturales que usted describe en la parte final del libro? 

Acá de nuevo creo que hay que mirar unos 20 años hacia atrás para notar cuán distintos son los climas culturales. No es que el de entonces fuera el mejor de los climas, pero la crítica común desde el mundo creyente era al relativismo. En un momento muy importante del 2005, Ratzinger habló de la dictadura del relativismo. Era una fórmula pertinente, pero para ese momento. Hoy lo que tenemos no es relativismo, sino visiones morales opuestas.

“No solo Chile como conjunto es religiosamente plural, sino también cada uno de esos pueblos lo es. Es una falta de respeto desconocer que los miembros de los pueblos originarios tienen agencia, que la religiosidad ancestral no es un destino al que estén amarrados”.

Se hablaba del fin de la historia…

Claro y Ratzinger, con razón, denunciaba los problemas que esa mentalidad traía consigo, pero esa ya no es nuestra circunstancia. Incluso del relativismo hay que decir que no suele ser consistente, que nadie es relativista respecto de los temas que le importan. En cualquier caso, hoy a las personas sí parecen importarles muchas cosas, y así tenemos visiones morales enfrentadas en guerras culturales. Uno puede criticar mucho los medios corrosivos con que se lleva a cabo esa guerra, pero además creo que debemos intentar comprender de qué visión espiritual se nutre cada lado. Hay un ingrediente religioso inevitable si uno quiere comprender las disputas éticas y antropológicas actuales. A veces uno puede caracterizar a un “bando” como religioso y a otro como secular, pero muchas veces lo que uno encuentra es algo distinto. Parecen dos visiones religiosas distintas. Una religiosidad trascendente, otra inmanente. A veces también tiene sentido acudir a la categoría de religión política, que fue un concepto central para discutir los totalitarismos el siglo XX. Hay que preguntarse en qué medida sigue siendo un concepto útil hoy. ¿Se puede describir la política identitaria como una forma de religión política? Eso merece exploración. 

Usted apunta a la religión woke ¿el ecologismo y el feminismo son parte de ese fenómeno?

Yo creo que hay muchos tipos de ecologismo y de feminismo, y que en ningún caso hay que aplicar etiquetas como “woke” o “identitario” a fenómenos tan amplios. Cada uno de esos fenómenos tiene muchas versiones. Pero cuando sí es el caso, cuando sí hay política identitaria, es interesante ver cómo describir su trasfondo religioso. Cuando encuentras a grupos enteros clasificados en términos de etnia o género, cuando hay gente que piensa que porque eres mujer o indígena debes pensar de tal o cual modo, cuando se nos dice que no puedes comprender tal o cual perspectiva porque no eres parte del grupo afectado, ¿eso es un pensamiento secular? Una manera de entenderlo es, más bien, mirando sus paralelos con una religiosidad tardoantigua como el gnosticismo. Uno de los rasgos de los movimientos gnósticos era su carácter dualista, maniqueo y, por tanto, cerrado a la comunicación. La luz te había tocado o no te había tocado. Estamos en una situación parecida. Pero no creo que la respuesta adecuada sea volver al secularismo vacío de las décadas previas, sino apostar por una fe preocupada por la comunicación. Esa idea tiene que volverse más central.